Dejamos atrás Lugo cruzando el Miño por a Ponte Vella, de origen romano. Poco a poco, las calles dan paso a las aldeas, a los campos y a los montes, mientras el Camino nos conduce por un paisaje en el que cada época dejó su huella.
A lo largo de los siglos, las personas abrieron caminos, aprovecharon los recursos naturales y organizaron el territorio, dejando pequeños y grandes testimonios de su historia. Algunos son fáciles de reconocer; otros pasan desapercibidos, escondidos entre la vegetación o formando parte de la vida cotidiana de las aldeas.
En este tramo, PEFC te invita a descubrir esas huellas y a mirar el monte desde otra perspectiva: como un espacio que nos ofrece recursos, conserva nuestra memoria y necesita una gestión responsable para seguir formando parte de nuestro futuro.
CAMINOS SOBRE CAMINOS
Mucho antes de que los peregrinos siguieran las flechas amarillas hacia Compostela, los romanos ya habían construido una extensa red de vías para comunicar ciudades, transportar mercancías y facilitar el movimiento de personas.
La salida de Lugo conserva parte de esa historia. Desde la muralla, el Camino desciende siguiendo el trazado de una antigua calzada y cruza el Miño por un puente de origen romano. Más adelante, en el entorno de Santalla de Bóveda, discurría la Vía XIX, que comunicaba Bracara Augusta (Braga) con Lucus Augusti (Lugo), pasando por Iria Flavia (Padrón).
Las vías romanas eran verdaderas obras de ingeniería. Su construcción exigía estudiar el terreno, preparar el firme con diferentes materiales, salvar desniveles y facilitar la evacuación del agua. La piedra desempeñaba un papel fundamental, tanto en la construcción de puentes y calzadas como en la señalización de los recorridos.
En San Romao da Retorta podemos contemplar una réplica de un miliario romano dedicado al emperador Calígula y fechado en el año 40 d. C., uno de los testimonios más interesantes de las antiguas comunicaciones en este territorio.

Los miliarios eran grandes columnas de piedra que se colocaban junto a las vías romanas para señalar distancias y dejar constancia de la autoridad imperial. El ejemplar original de San Romao, de más de dos metros de altura, presenta una inscripción en latín en la que se recogen los títulos del emperador. Su hallazgo confirma la presencia de estas infraestructuras en la zona, aunque no permite determinar por sí solo el trazado exacto de la vía.
La historia de este miliario resulta también sorprendente. En el siglo XIX fue trasladado de su lugar original y reutilizado como columna para sostener la cubierta de un cobertizo. Años después, al reconocerse su valor histórico, fue retirado y acabó trasladándose a Astorga (León), donde hoy se conserva en el Museo Diocesano de Astorga o Museo de los Caminos, situado en el Palacio Episcopal diseñado por Antoni Gaudí.
En las proximidades de la iglesia de San Romao, esta reproducción mantiene viva la memoria de las antiguas vías de comunicación. Y no es el único miliario conocido en el municipio de Guntín: otro ejemplar, dedicado al emperador Marco Aurelio y encontrado en Entrambasaugas, se conserva en el Museo Provincial de Lugo.
Junto a la réplica del miliario encontramos también una placa de la Ruta de los Derechos Humanos, una iniciativa que recorre el Camino Primitivo desde Oviedo hasta Santiago de Compostela. A lo largo del itinerario, treinta placas de bronce recuerdan los treinta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La de San Romao está dedicada al artículo 22, que reconoce el derecho a la seguridad social.

Siglos después, el Camino Primitivo continúa atravesando estas tierras. Los miliarios dejaron paso a los mojones y a las flechas amarillas, pero los caminos siguen siendo mucho más que vías de comunicación: son lugares de encuentro, intercambio de ideas y transmisión de valores que conectan personas, territorios y épocas diferentes.
¿QUIÉN MOVIÓ EL MARCO?
Las piedras no solo sirvieron para construir caminos o indicar distancias. En Galicia también se utilizaron desde antiguo para delimitar fincas, montes y propiedades. Son los conocidos marcos, piedras pequeñas o grandes colocadas en puntos concretos del terreno para señalar hasta dónde llega una propiedad y dónde comienza la siguiente.
Muchos de estos marcos llevan décadas o incluso siglos formando parte del paisaje rural. Algunos son fácilmente reconocibles, mientras que otros permanecen medio ocultos entre la vegetación, junto a un camino o en el interior de un monte. Su importancia fue tal que incluso pasaron a formar parte del humor y de las expresiones populares gallegas: «De marco a marco non hai arco», que significa que el surco que separa dos fincas debe ir recto entre los marcos, sin desviarse hacia la propiedad del vecino. ¿Quién no ha escuchado alguna vez una historia sobre un vecino que movió un marco para ganar unos metros de terreno?

Hoy, los límites de las propiedades también pueden señalarse con estacas u otros elementos, mientras que las técnicas de medición y las coordenadas geográficas permiten representarlos con mayor precisión. Cambian los materiales y las herramientas, pero su finalidad sigue siendo la misma: saber dónde termina una propiedad y comienza la siguiente.
Pero detrás de estas anécdotas hay una cuestión fundamental: conocer y respetar los límites de las propiedades. En el monte gallego, donde conviven pequeñas parcelas particulares y montes vecinales en mano común, una delimitación clara resulta esencial para evitar conflictos y saber quién puede tomar decisiones sobre cada superficie.
En la gestión forestal sostenible, identificar correctamente los terrenos y sus límites es un paso importante para planificar los trabajos, organizar los aprovechamientos y asumir las responsabilidades que corresponden a cada propietario o comunidad.
Así, desde los miliarios romanos hasta los marcos de nuestros montes, las piedras siguen contándonos cómo las personas organizaron y utilizaron el territorio a lo largo del tiempo.
PIEDRAS QUE GUARDAN MEMORIA
A lo largo del Camino Primitivo, las pequeñas iglesias y los cementerios forman parte del paisaje de las aldeas. Son lugares que conservan costumbres, recuerdos y formas de entender la vida comunitaria, y que también nos hablan de la arquitectura y de los materiales tradicionales.
Quizás ya te hayas fijado en alguno de ellos. En Soutomerille, en el municipio de Castroverde, un diminuto cementerio con apenas tres sepulturas está considerado de los más pequeños de Galicia. Más adelante, en San Romao da Retorta, todas las lápidas aparecen dispuestas individualmente sobre el suelo.


Estos pequeños espacios forman parte del patrimonio cultural del medio rural. La piedra, tan presente en las iglesias, en los muros y en las sepulturas, acompañó durante siglos las tradiciones de las comunidades gallegas.
Pero no fue el único material. La madera también estuvo presente en las iglesias, en el mobiliario, en los objetos ceremoniales y en los féretros, formando parte de costumbres que han llegado hasta nuestros días.
En la actualidad, empresas gallegas continúan transformando y comercializando productos de madera para estos y otros usos. Un ejemplo cercano lo encontramos en Lugo, donde Grupo Lamas Lucus cuenta con la certificación de Cadena de Custodia PEFC para la comercialización de féretros, lo que permite identificar productos certificados y acreditar su origen responsable.
Es una muestra de cómo un recurso natural y renovable puede acompañarnos en momentos muy diferentes de la vida, y de cómo la gestión sostenible de los montes también está presente en productos estrechamente vinculados a nuestras tradiciones.
SAN ROMAO, UNA PAUSA EN EL CAMINO
Después de recorrer el tramo que separa Lugo de San Romao da Retorta, llegamos a una pequeña localidad del municipio de Guntín donde el Camino ofrece la oportunidad de descansar y observar con calma el paisaje.

La iglesia de San Romao, de origen románico, conserva parte de la historia medieval de este territorio. A su alrededor, el cementerio tradicional y, en las proximidades, la réplica del miliario romano reúnen testimonios de épocas y costumbres muy diferentes.
Es un buen lugar para hacer una pausa, recuperar fuerzas y descubrir esos pequeños detalles que a veces pasan desapercibidos cuando caminamos. La tranquilidad del entorno, las construcciones tradicionales y el paisaje rural recuerdan que el Camino no está formado únicamente por grandes monumentos: también por lugares sencillos que conservan su identidad.

En el recorrido desde Lugo también encontramos otros elementos de interés, como la iglesia románica de San Miguel de Bacurín o el singular monumento tardorromano de Santalla de Bóveda, conocido por sus pinturas murales con aves y motivos vegetales. Este último puede presentar restricciones de acceso por motivos de conservación, por lo que conviene consultar previamente las condiciones de visita.
El Papel de PEFC
Los caminos, los marcos y las construcciones tradicionales recuerdan que el monte gallego es también un territorio con historia, propietarios y formas de aprovechamiento que han evolucionado a lo largo de los siglos.
Para gestionar un monte de manera sostenible, lo primero es conocerlo: identificar la superficie, sus límites, los recursos que ofrece y los valores naturales y culturales que es necesario conservar. La certificación PEFC promueve una gestión forestal planificada y responsable, en la que se respetan los derechos de propiedad y se protegen los elementos patrimoniales presentes en el territorio.

Al mismo tiempo, la certificación de Cadena de Custodia PEFC permite seguir el origen de los productos forestales certificados, como los elaborados con madera, desde el monte hasta el consumidor.
Porque cuidar el monte no es solo cuidar los árboles: también es respetar sus límites, conservar su memoria y aprovechar de manera responsable los recursos que nos ofrece.

Proyecto impulsado por la Xunta de Galicia dentro del programa «O Teu Xacobeo»












