Hay nombres que despiertan la curiosidad y nos invitan a descubrir las historias que esconden. Augas Santas es uno de ellos. En esta parroquia de Palas de Rei, la Fuente de San Xurxo nos sirve de punto de partida para explorar una relación que nos acompaña desde siempre: la que existe entre la naturaleza y nuestra salud.

El agua que bebemos, las plantas que contribuyeron al desarrollo de medicamentos, los materiales naturales que nos rodean o los caminos por los que paseamos son ejemplos de cómo el monte está presente en nuestro bienestar. Algunos de estos beneficios se conocen desde antiguo; otros están siendo estudiados por la ciencia, que nos ayuda a comprender mejor su importancia.

En este lugar, PEFC te invita a descubrir cómo los montes pueden contribuir a nuestra salud física y emocional y por qué su gestión sostenible también es una manera de cuidar de las personas.

AGUAS QUE DAN NOMBRE

denominación evoca la relación que tradicionalmente existió en Galicia entre determinadas fuentes, las creencias populares y las propiedades beneficiosas que se atribuyen a sus aguas.

En la parroquia de San Xurxo de Augas Santas, perteneciente al municipio de Palas de Rei, encontramos la Fuente de San Xurxo, un pequeño elemento del patrimonio rural que nos recuerda la importancia que siempre tuvo el agua en la vida de las aldeas.

Durante siglos, muchas fuentes gallegas fueron algo más que lugares donde abastecerse. Algunas se asociaron a tradiciones religiosas, romerías o creencias populares sobre la salud y la curación. Estas historias forman parte de nuestro patrimonio cultural, aunque no deben confundirse con las propiedades medicinales reconocidas científicamente.

No todas las aguas naturales tienen las mismas características. Al infiltrarse en el terreno y circular entre rocas y sedimentos, el agua puede incorporar diferentes minerales que influyen en su composición. En algunos manantiales, estas particularidades dieron lugar a las llamadas aguas mineromedicinales, reconocidas por sus propiedades y utilizadas en determinados tratamientos termales.

Galicia cuenta con una larga tradición vinculada a estas aguas, que dio origen a numerosos balnearios y establecimientos termales. Desde antiguo, las personas acudieron a estos lugares buscando alivio para diferentes dolencias, una práctica que con el tiempo fue incorporando conocimientos científicos y tratamientos bajo supervisión sanitaria.

Pero conviene distinguir entre la tradición popular y las propiedades reconocidas oficialmente. Para que un agua sea considerada mineromedicinal debe cumplir unos requisitos y contar con el correspondiente reconocimiento administrativo. Del mismo modo, que una fuente sea natural o tenga fama de beneficiosa no significa necesariamente que su agua sea potable o adecuada para usos terapéuticos.

Pero existe una relación entre el agua, el monte y la salud que va mucho más allá de estas creencias.

El bosque también cuida el agua

Cuando llueve sobre un monte, los árboles, la vegetación y el suelo intervienen en el recorrido del agua. Una parte queda interceptada por las hojas y las ramas, otra penetra en el terreno y otra continúa su camino hacia los arroyos y ríos.

La cubierta vegetal, las raíces y la materia orgánica contribuyen a proteger el suelo frente a la erosión y pueden reducir el arrastre de sedimentos. Por su parte, los bosques de ribera ayudan a estabilizar las márgenes de los cursos de agua y a conservar sus ecosistemas.

Una gestión forestal responsable tiene en cuenta estos procesos, especialmente cuando se realizan aprovechamientos o trabajos próximos a fuentes, manantiales y arroyos.

Los bosques no hacen potable por sí solos el agua que circula por ellos, pero su conservación y una buena gestión del territorio pueden contribuir a proteger los recursos hídricos de los que dependemos.

Así, una pequeña fuente puede recordarnos algo mucho más grande: que detrás del agua que llega a nuestras casas existe un territorio que también necesita ser cuidado.

EL BOTIQUÍN DEL MONTE

Mucho antes de existir los medicamentos tal y como hoy los conocemos, las personas ya encontraban en la naturaleza recursos para aliviar diferentes dolencias. Hojas, flores, raíces y cortezas formaron parte durante siglos de los remedios tradicionales, en un conocimiento transmitido de generación en generación y que también se empleaba en el cuidado de los animales.

Galicia cuenta con una gran diversidad de plantas a las que se atribuyeron propiedades medicinales. Muchas crecen en los montes, en sus bordes, en los matorrales o en las proximidades de los ríos. Algunas siguen presentes en la medicina tradicional, mientras que otras contribuyeron a la investigación y al desarrollo de productos farmacéuticos.

Plantas que nos cuidan

Entre las más conocidas encontramos el sauce, un árbol habitual en las riberas y en los terrenos húmedos. Su corteza contiene salicina, una sustancia relacionada con los salicilatos, compuestos que forman parte de la historia del desarrollo de medicamentos para aliviar el dolor y la inflamación.

La manzanilla, reconocible por sus pequeñas flores blancas de centro amarillo, es una de las plantas más utilizadas en la medicina tradicional. Sus flores se emplean desde hace siglos en infusiones para aliviar molestias digestivas leves, como la sensación de hinchazón o los espasmos estomacales. También es apreciada por su aroma característico y sus propiedades calmantes.

Otra planta especialmente interesante es el árnica, reconocible por sus flores amarillas y presente en prados, matorrales y claros de monte. Tradicionalmente se empleó para aliviar golpes, contusiones y molestias musculares. En la actualidad existen preparados medicinales de uso externo elaborados con esta planta, cuyas aplicaciones tradicionales son reconocidas por la Agencia Europea de Medicamentos. Su presencia en la naturaleza también nos recuerda la importancia de conservar los hábitats en los que crece.

El saúco, frecuente en setos y lugares frescos, es otra especie muy vinculada a la tradición popular. Sus flores y frutos se utilizaron históricamente en diferentes preparados, especialmente asociados a los resfriados. Por su parte, la malva, que podemos encontrar en prados y bordes de caminos, fue empleada tradicionalmente por las propiedades suavizantes de sus flores y hojas.

¿Y quién no conoce la hierba de San Juan o hipérico? Esta planta de flores amarillas, habitual en espacios abiertos y soleados, contiene sustancias que despertaron el interés de la investigación farmacéutica. Determinados extractos estandarizados se emplean en medicamentos para tratar síntomas depresivos, aunque pueden presentar interacciones importantes con otros tratamientos.

Estas son solo algunas de las especies que forman parte de la riqueza botánica gallega. Este patrimonio vegetal y sus usos tradicionales se recogen en obras como la Guía de plantas medicinais de Galicia, elaborada por Antonio Rigueiro y Rosa Romero, profesores de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), que contribuye a conservar y divulgar estos conocimientos.

¿Y los animales?

El conocimiento popular de las plantas también estuvo presente en el cuidado del ganado. En la Galicia rural se emplearon tradicionalmente diferentes especies vegetales en prácticas destinadas a atender a los animales, un campo de estudio conocido como etnoveterinaria.

Además, se da un fenómeno especialmente curioso y bien conocido por todos: algunos animales seleccionan determinadas plantas o modifican su comportamiento alimentario cuando experimentan problemas de salud. Este comportamiento, conocido como zoofarmacognosia, está documentado en distintas especies, aunque no siempre es posible demostrar que una planta concreta esté siendo consumida con una finalidad medicinal.

Conviene recordar que algunas plantas pueden resultar tóxicas para los animales y que los usos tradicionales no sustituyen la atención veterinaria.

El monte es, por tanto, una fuente de biodiversidad, tradición y conocimiento científico. Conservar sus especies y los hábitats en los que crecen también significa mantener abiertas posibilidades de investigación que todavía no conocemos por completo.

CAMINAR ES SALUD

Cada paso que damos por el Camino pone nuestro cuerpo en movimiento. El corazón trabaja, los músculos se activan y la respiración acompaña el ritmo de la marcha.

Caminar es una de las formas más accesibles de actividad física. Practicado de manera regular y adaptada a las capacidades de cada persona, ayuda a fortalecer el sistema cardiovascular, mejorar la resistencia física, mantener la movilidad y reducir el riesgo de diferentes enfermedades. La Organización Mundial de la Salud destaca los beneficios de la actividad física para la salud del corazón, la prevención de enfermedades crónicas y el bienestar general.

Pero, además del ejercicio, también importa el lugar por el que caminamos.

No es lo mismo caminar entre edificios y tráfico que hacerlo por un sendero rodeado de árboles. Aunque el movimiento beneficia al organismo en ambos casos, los espacios naturales pueden ofrecer condiciones que hacen la experiencia más agradable y favorecen la actividad física.

Los montes y otros espacios verdes ofrecen oportunidades para movernos en un entorno en el que los árboles proporcionan sombra y contribuyen a suavizar las temperaturas, algo especialmente valioso durante las etapas más calurosas. La vegetación también puede ayudar a reducir la presencia de determinados contaminantes en el aire y a amortiguar parte del ruido, creando ambientes en los que resulta más agradable caminar y hacer una pausa.

¿Qué nos dice la ciencia?

Los beneficios de caminar por la naturaleza también despertaron el interés de la investigación científica. Diversos estudios analizaron cómo influyen los paseos por bosques y otros espacios verdes en indicadores relacionados con la salud cardiovascular y el estrés.

Algunas revisiones científicas encontraron reducciones de la presión arterial y mejoras en otros indicadores fisiológicos tras participar en actividades en la naturaleza. Aunque los resultados no son iguales para todas las personas y continúan siendo objeto de estudio, refuerzan la importancia de disponer de espacios naturales accesibles para la actividad física y el bienestar.

En el Camino Primitivo, cada etapa nos invita a experimentar esta relación entre movimiento y naturaleza. El esfuerzo de una subida, el alivio de encontrar la sombra de un robledal o el frescor de un camino próximo a un arroyo forman parte de una experiencia en la que el cuerpo se activa y el paisaje nos acompaña.

Y no se trata de recorrer más kilómetros ni de llegar antes. Adaptar el ritmo a las propias capacidades, descansar cuando lo necesitamos y disfrutar del recorrido también forman parte de una manera saludable de caminar.

Porque el Camino no solo nos lleva de un lugar a otro: también nos ofrece la oportunidad de movernos, respirar y sentir los beneficios de estar en contacto con la naturaleza.

UN RESPIRO PARA LA MENTE

Hay quien comienza el Camino por motivos espirituales, quien busca una experiencia diferente y quien simplemente desea alejarse durante unos días de las prisas y las preocupaciones cotidianas.

Para muchas personas, caminar se convierte en una oportunidad para desconectar de las rutinas, compartir conversaciones, pasar tiempo al aire libre o encontrar momentos de silencio.

Hay sensaciones que reconocemos inmediatamente al entrar en un bosque: el aroma de la tierra húmeda después de la lluvia, el olor de las hojas y de la madera, el verde de los árboles mezclado con los colores que cambian a lo largo de las estaciones, el canto de los pájaros o el sonido del viento entre las ramas. La luz que se filtra entre las copas y el silencio que a veces encontramos en los senderos nos invitan a prestar atención a pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos en la vida cotidiana.

Estas experiencias sensoriales pueden ayudarnos a apartar la atención de las preocupaciones habituales y favorecer la sensación de descanso. No es necesario hacer nada especial: a veces basta con caminar más despacio, observar el paisaje o detenerse unos minutos para escuchar lo que nos rodea.

La Organización Mundial de la Salud recoge evidencias que relacionan el contacto con los espacios verdes con la relajación, la actividad física y determinados beneficios para la salud mental.

También se estudian los llamados baños de bosque, una práctica que consiste en permanecer en un ambiente forestal prestando atención al entorno, a los sonidos, a las formas y a las sensaciones, sin necesidad de realizar ejercicio intenso. Algunas investigaciones observaron mejoras a corto plazo en indicadores de estrés y bienestar, aunque sus efectos a largo plazo continúan siendo objeto de estudio.

El Camino también se investiga

El estudio Ultreya, publicado en 2024 en la revista científica Journal of Happiness Studies, analizó la experiencia de 444 peregrinos y la comparó con la de un grupo de 124 personas que realizaron vacaciones sin peregrinar. Los resultados mostraron que, después de hacer el Camino, los peregrinos presentaban mejoras en la satisfacción con la vida y en el bienestar emocional, junto con reducciones de la ansiedad y del estrés percibido. En varias de las medidas estudiadas, los cambios seguían presentes tres meses después. En comparación con el grupo de vacaciones, los peregrinos también mostraron mejoras mayores en algunos indicadores psicológicos.

El estudio no permite atribuir todos estos beneficios exclusivamente al contacto con el monte. En el Camino confluyen muchos factores: el ejercicio físico, la naturaleza, las relaciones con otras personas, la desconexión de las obligaciones habituales y el tiempo dedicado a la reflexión personal.

Pero los resultados nos ayudan a comprender por qué esta experiencia puede tener un significado tan profundo para quienes la viven.

Quizá por eso, al terminar el Camino, algunas personas sienten que no solo han recorrido una distancia: también han encontrado tiempo para escucharse, descubrir nuevas perspectivas y mirar la vida de otra manera.

UN PEDACITO DE BOSQUE EN EL INTERIOR

¿Alguna vez has entrado en una estancia revestida de madera y has sentido una sensación especial de calma o bienestar? Su color, sus vetas, su textura e incluso su aroma pueden recordarnos a la naturaleza y crear ambientes cálidos y acogedores.

Esta relación entre los materiales naturales y nuestras sensaciones forma parte del llamado diseño biofílico, una manera de concebir los espacios que busca acercar la naturaleza a los lugares donde vivimos, estudiamos, trabajamos o recibimos atención sanitaria.

La madera tiene características que la hacen especialmente interesante para estos ambientes. Su presencia puede contribuir a la sensación de confort y a la percepción agradable de los espacios. Además, determinados productos de madera permiten mejorar el acondicionamiento acústico y, según sus características y aplicación, contribuir a regular las variaciones de la humedad ambiental.

Pero su aportación va más allá de las propiedades técnicas. Un suelo de madera bajo los pies, una mesa en la que apoyamos las manos o una pared en la que se dibujan las vetas de un árbol son pequeñas formas de mantener el contacto con un material natural. A diferencia de otras superficies, cada pieza de madera presenta colores, dibujos y texturas propios, que dan personalidad a los espacios.

La madera también cambia con la luz y con el paso del tiempo. Los tonos claros pueden transmitir luminosidad, mientras que los más oscuros crean ambientes recogidos. Su presencia combina con otros materiales y permite crear espacios muy diferentes, desde estancias tradicionales hasta interiores de arquitectura contemporánea, sin perder esa conexión con su origen natural.

Esa relación con la naturaleza no depende de que toda una estancia esté construida en madera. A veces, un mueble, una puerta, una estructura a la vista o un pequeño objeto de uso cotidiano son suficientes para introducir su textura y calidez en los lugares que habitamos.

De este modo, la madera se convierte en un vínculo entre el monte y nuestra vida diaria. Un recurso natural y renovable que, además de cumplir una función práctica, puede ayudarnos a crear ambientes en los que nos sentimos cómodos y próximos a la naturaleza.

Porque no siempre necesitamos estar entre árboles para sentir un poco del bosque a nuestro alrededor.

El Papel de PEFC

Los montes nos ofrecen mucho más que madera y otros productos forestales. También contribuyen a la protección de los recursos hídricos, albergan una gran diversidad de especies vegetales y proporcionan espacios en los que realizar actividad física, descansar y disfrutar de la naturaleza.

Estos beneficios están relacionados con la salud y el bienestar de las personas, pero también dependen del estado de conservación de los ecosistemas y de la manera en que gestionamos el territorio.

PEFC promueve una gestión forestal sostenible que busca compatibilizar el aprovechamiento responsable de los recursos con la conservación de la biodiversidad, del suelo, del agua y de los valores sociales de los montes.

Esto implica planificar los trabajos forestales, proteger los cursos de agua y los hábitats de interés, conservar los recursos naturales y tener en cuenta los usos recreativos y culturales del territorio.

Al mismo tiempo, la certificación de Cadena de Custodia PEFC permite seguir el origen de los productos forestales certificados, como la madera empleada en la construcción, en el mobiliario o en los revestimientos interiores, desde el monte hasta el consumidor.

Porque cuidar los montes también es cuidar nuestra salud y nuestro bienestar, hoy y para las generaciones venideras.

Proyecto impulsado por la Xunta de Galicia dentro del programa «O Teu Xacobeo»