Los productos forestales nos rodean.
La mayoría de nosotros somos conscientes de los productos que nos ofrecen los montes: madera para nuestras casas y muebles, papel para libros y revistas, envases para alimentos, papel higiénico, mascarillas, incluso nuestra ropa se puede hacer con madera y en nuestro plato podemos encontrar muchos productos de los montes.
¿Sabías que los siguientes productos también contienen materiales forestales? Pinturas, llantas, perfumes, cepillos de dientes, desodorantes, cosméticos, detergentes, ropa, medicinas, corchos para el vino, esponjas, tintes para el cabello, etc.
En esta parada podrás adentrarte en los recursos que nos proporcionan los bosques, de madera o no, y el modo de vida tradicional gallego, caracterizado por un uso sostenible del territorio basado en la complementariedad y multifuncionalidad de los diferentes espacios que lo integran.
A través de la certificación forestal PEFC, podemos trazar los productos gestionados de forma sostenible desde los montes hasta el consumidor final.
Los productos del monte
Los montes generan multitud de beneficios ambientales, sociales y económicos gracias a la protección del suelo, el cobijo de una amplia variedad de especies vegetales y animales y la producción de numerosos productos y servicios que son el sustento de muchas familias.
El desarrollo de nuevas actividades y productos procedentes del monte responde a las demandas sociales actuales, tendentes a una bioeconomía circular.
El modo de vida tradicional

Imagen cedida por: M.Celeiro Montero
El modo de vida tradicional gallego se caracteriza por un uso sostenible del territorio basado en la complementariedad y multifuncionalidad de los diferentes espacios que lo componen: casa, agro y monte.
Tradicionalmente, el rural gallego se basaba en una economía de autosuficiencia basada en la complementariedad entre los diferentes espacios que componen el paisaje del que hablábamos en el mirador de Ventosa.

El territorio estaba poblado de pequeñas explotaciones familiares, que trabajaban muchas parcelas diferentes, pequeñas y dispersas, con una tecnología muy básica (arados ligeros y gradas de tracción animal compuestas por muchos elementos de madera) pero con un profundo conocimiento del medio.
La casa era el núcleo de la explotación. En ella convivían varias generaciones de la familia (abuelos, padres e hijos) y era común que compartieran espacio con el ganado; los establos ocupaban parte de la planta baja de la casa y las habitaciones contiguas, para así aprovechar el calor de los animales para calentar la casa. Junto a ésta estaban las huertas, donde se plantaban legumbres, hortalizas o árboles frutales para autoconsumo. Más lejos se situaban las tierras de cultivo (agras) delimitadas por un cierre que abarcaba varias parcelas abiertas (leiras) y cuya gestión se compartía con otros vecinos de la aldea. En ellos se plantaba el maíz, el trigo o el centeno. En las cercanías de los cursos de agua o humedales, se encontraban los pastos para el ganado. Y en las zonas altas, el monte, en muchos casos de gestión comunal, que proporcionaba a la aldea leña para construir, leña para calentar casas, alimentos (castañas…) y muchos otros productos.

Estas zonas no se gestionaron de forma independiente, sino que conformaban un sistema integrado, complementándose unas a otras.
En la primera mitad del siglo XX, esta estrategia productiva comenzó a cambiar debido a múltiples factores.
Por un lado, se inició el proceso de concentración parcelaria, con el que se pretende conseguir una ordenación del suelo agrícola que permita un uso adaptado a las necesidades agrarias y forestales de cada zona, agrupando las fincas de un mismo propietario en el menor número posible de parcelas. En tu viaje a Fisterra atravesarás zonas concentradas y no concentradas. Las pistas de tierra rectilíneas, de largo recorrido y ángulos rectos, que contrastan con los caminos más estrechos y sinuosos de otros puntos, te están indicando que esta zona ha sido “ordenada”; es decir, sometida a concentración parcelaria.

Por otro lado, la Administración y la industria empezaron a fomentar nuevos usos del suelo, las explotaciones a gran escala y la especialización, con el objetivo de ser más competitivos en el mercado. En este contexto, se impulsa la producción de madera con destino a la industria, por lo que se empiezan a introducir especies de rápido crecimiento que permitían multiplicar la rentabilidad (como el pino o el eucalipto). El proceso se inició en los montes de utilidad pública, dependientes del Estado, pero pronto se exportó a los montes privados gracias a diversas ayudas y los buenos precios que se obtenían en el mercado, así como al bajo nivel de inversión y mano de obra que requería el mantenimiento de las masas arboladas.
La falta de mano de obra fue otro de los fenómenos que contribuyeron al abandono del modo de vida tradicional gallego. Los jóvenes emigraron al extranjero o a las ciudades en busca de mejores condiciones de vida, y la población envejecida que quedaba en el campo no podía hacer frente por sí sola a las múltiples tareas que implicaba el antiguo sistema.
Todos estos cambios políticos, sociales y económicos tuvieron su reflejo en el paisaje. Los puntos de referencia en la vida cotidiana de las aldeas, asociados a una forma concreta de relacionarse con el territorio, se modificaron para siempre.
Colmenas
La producción de miel es uno de los usos asociados al monte gallego. Muchos monasterios situados en el Camino a Fisterra, como Ozón o Moirame, potenciaron esta actividad. Pero también había colmenas en las casas particulares, ya fuera para autoconsumo o como complemento a la economía familiar. En la alde de Vilaserío todavía quedan algunas incrustadas en los muros de las casas, ¿serás capaz de encontrarlas?

La apicultura tradicional en Galicia tuvo su máxima expansión en el s. XVIII, llegando a registrarse alrededor de 366.000 colmenas en el Catastro de Ensenada. La iglesia era propietaria de la mayor parte, y aún hoy en día hay muchos monasterios continúan fabricándola y vendiéndola. La aparición de nuevos edulcorantes más económicos en el s. XIX derivó en un progresivo abandono de la actividad hasta los años 70 del s. XX, momento en el que cobra de nuevo impulso pero con cambios sustanciales en el modelo de explotación.
Las colmenas tradicionales (o trobos) eran circulares, ya que estaban hechas de un tronco vacío de castaño, cerezo, roble o alcornoque, de unos 50-60 cm de altura y 30-50 cm de diámetro. En el interior se introducía una estructura de palos cruzados en la que se sujetaban los panales. La parte superior del trobo se cerraba con una cubierta de madera o corteza de árbol llamada caldullo, o en ocasiones con una cubierta cónica de paja seca.

Los trobos solían estar ubicados en un rincón poco frecuentado del huerto, soleado y junto a un cierre o seto que los protegía de los vientos y la lluvia. Otras veces se ubicaban lejos de las casas, en zonas de difícil acceso, orientadas al este para aprovechar el sol, y próximas a zonas de abundante vegetación para que las abejas tuvieran alimento. En este caso, el recinto se delimita con muros de piedra, generalmente circulares y de cierta altura para evitar la entrada de animales. Estas construcciones al aire libre se denominan abelllarizas o alvarizas. También hay colmenas dentro de las casas; las llamadas lacenas son un pequeño habitáculo que se empotra en la fachada más soleada y se tapa con una tabla. No se conservan muchas colmenas y las que aún están activas no se pueden visitar por estar en casas particulares o en el monte, en zonas de difícil acceso.
Una vez producida la miel, se almacenaba en vasijas especiales de barro para su consumo como edulcorante o como medicina casera. Con la cera se hacían velas para iluminar las casas y para la liturgia. De hecho, muchos monasterios medievales, como Ozón o Moirame, recaudaban impuestos en especie.
El Papel de PEFC
Los consumidores esperan que los materiales utilizados en los productos que compran tengan un impacto mínimo en el medio ambiente y, al utilizar la etiqueta PEFC, las organizaciones hacen visible su compromiso con el suministro responsable.
Asociar una marca con la etiqueta PEFC demuestra que los productos de origen forestal como el papel, la madera, la corteza, las resinas e incluso los alimentos proceden de bosques gestionados de forma sostenible. Esto es cada vez más importante, ya que los consumidores son conscientes del impacto de sus decisiones de compra y tienen en cuenta las etiquetas medioambientales.

A través de la certificación PEFC, podemos rastrear el material desde los montes hasta la cadena de suministro y hasta el producto final que compre.
La Cadena de Custodia PEFC es el seguimiento de los productos forestales durante las diferentes fases del proceso productivo y su posterior comercialización, con el fin de asegurar la trazabilidad de los productos forestales desde el bosque hasta el consumidor final. Constituye la etapa posterior a la certificación de Gestión Forestal Sostenible (del monte) y es necesaria crear un vínculo informativo entre la materia prima incluida en un producto forestal y su origen.
La certificación de Cadena de Custodia es fundamental para las empresas que buscan acceder a mercados ambiental y socialmente responsables, o para demostrar el cumplimiento de las políticas públicas o privadas de compra, que especifican como requisito el suministro de materiales ambientalmente responsables. También les permite etiquetar sus productos para que los consumidores puedan identificar y elegir aquellos que apoyen un modelo de gestión forestal responsable.

En cada etapa de la cadena se verifica el cumplimiento del Sistema PEFC mediante auditorías realizadas por un tercero independiente.
PEFC impulsa diferentes iniciativas para promover el uso de productos y materiales sostenibles de bosques bien gestionados como “Forest For Fashion” o “Fashions change, forests stay. Comprometidos co futuro dos bosques”, dirigidos al mundo de la moda (Vídeo , saber máis), o la campaña“Sabores Forestales Sostenibles ” (aquí).

























